PROBLEMAS DE
COMPORTAMIENTO MÁS FRECUENTES (2)
- Agresividad por dominancia
Este problema es uno de los que aparecen con más frecuencia en la convivencia
con perros. Si bien hay razas predispuestas, por su temperamento, a presentarlo (cocker, pekinés,
rottweiler, mastín…..), y su prevalencia es mayor en machos, puede aparecer en todos los individuos
y en ambos sexos, ya que se trata, más que de un problema del perro, una consecuencia derivada de
un manejo erróneo por parte del propietario, que genera una percepción equivocada en el animal de cuál
es el entorno en el que vive, y le lleva a responder, siempre según el punto de vista de un perro,
a lo que él interpreta de modo incorrecto.
Las razas predispuestas necesitan de un manejo más cuidadoso y firme,
especialmente cuando se trata de animales de gran tamaño, pues la respuesta más frecuente de los
perros que padecen este problema suele ser la agresión, más o menos intensa y en más o menos contextos
cotidianos, generalmente a miembros de su grupo familiar
Para corregir este problema con cierta seguridad, debemos tener en cuenta que
se debe modificar DE MANERA PERMANENTE el modo de manejar y de dirigirse al perro. Nunca se deben
aplicar castigos como modo de reeducar a un perro, y menos aun como respuesta a sus amenazas o
agresiones. El resultado puede ser fatal, sobre todo si se trata de un perro de gran tamaño. Los niños,
que difícilmente pueden comprender lo que ocurre (especialmente los más pequeños), deben ser siempre
supervisados por un adulto cuando se relacionen con el perro. JAMÁS DEBE DEJARSE SOLO A UN NIÑO CON UN
PERRO, no importa lo noble que sea ni que nunca haya dado un problema. A veces las señales que envía
un perro sobre sus intenciones nos pasan desapercibidas, y todos tenemos días malos o cosas que no
toleramos. La mejor manera de evitar un accidente, es prevenirlo con todos los medios a nuestro alcance.
Por tanto, en
perros con este problema, se evitará el contacto con
niños mientras se toma el control de la situación, y se
permitirá posteriormente, si se cree oportuno, solo con
supervisión de quien mejor controle al perro, y siempre
indicándole al niño cómo debe dirigirse al animal,
estando siempre muy pendiente de las señales de incomodidad que
el perro mande, y respetándolas si aparecen (dejándole
tranquilo). En todo caso, jamás se le castigará en
presencia de niños, haga lo que haga (normalmente el efecto del
castigo suele ser el contrario al deseado, y por tanto sumamente
perjudicial), y siempre se le animará y premiará (a ser
posible con comida apetitosa) cuando se muestre tranquilo o amistoso
con niños. Es también muy adecuado que sean los propios
niños quienes le premien con frecuencia.
Si sus reacciones
son francamente negativas (hay perros que tras sufrir las travesuras de
algún niño de cachorros no pueden aceptar que se les
acerque ninguno), es responsabilidad del propietario mantener al perro
bajo control en todo momento, impidiendo el acceso de niños a su
entorno. Modificar el comportamiento de agresión hacia
niños normalmente es posible, pero requiere una
supervisión muy estrecha y siempre entraña un cierto
riesgo que es preferible no asumir.
A) MANEJO GENERAL
Para poder modificar el entorno que ha llevado al perro a la agresión, debemos primero
entender cómo vive y asimila un perro el mundo que le rodea. Normalmente el mordisco es la consecuencia final
de un fallo en la comunicación entre el animal y las personas de su entorno, pues existen en el perro muchos
mecanismos encaminados a evitar las agresiones.
El perro es un
animal gregario y social, al igual que el caballo o el ser humano. Y
por tanto ha desarrollado una serie de normas y señales para
utilizar con sus congéneres y facilitar la convivencia. Los
animales gregarios conviven también entre sí, y el
conocimiento y respeto de esas normas y señales es lo que
permite que dicha convivencia sea satisfactoria. El perro es un perro,
y no puede sobrepasar su naturaleza. Debemos huir de los
tópicos, de las concepciones erróneas del tipo “lo
entiende todo”, o “solo le falta hablar”, que le
despojan de su verdadera naturaleza y le obligan a ser lo que no es,
con la consecuente problemática que suele acarrear dicha
situación.
El perro trata de
responder, con sus mecanismos y desde su punto de vista, a un entorno
que se empeña en tratarle como lo que no es, y así
aparecen los conflictos, que a menudo le sobrepasan, no
dejándole más opción que una respuesta violenta
ante una situación que ni entiende ni sabe controlar. No
está en su mano el cambio, pues él tan solo se limita a
interpretar (bajo su punto de vista) las señales que recibe de
su entorno y de su grupo familiar, y a responder en consecuencia. Es
por tanto nuestro deber cambiar las señales que le enviamos al
perro y modificar su entorno para que resulte comprensible desde su
punto de vista, y así pueda responder del modo que esperamos a
nuestra compañía, logrando así la convivencia
deseada.
Para el perro el
grupo debe organizarse de modo piramidal. En esa pirámide, de al
menos dos estratos (en grupos grandes, más de dos), solo un
individuo puede situarse en la punta. Y ese individuo, que no es el
más fuerte ni el más viejo, sino el más
experimentado, se ocupará de proteger, guiar y proveer a la
manada. Esta estructura es modificable, en tanto que el que está
arriba puede ser destituido, pero es impensable cambiar su forma:
siempre tiene que haber alguien arriba.
Cuando nuestro perro entra en casa, especialmente si es un cachorro, busca en su entorno
familiar al individuo que ocupa la posición superior, y le sigue y acepta su liderazgo. Cuando NADIE (humano)
ocupa este puesto, el perro se ve obligado a colocarse en la posición más alta, ya que el puesto no puede quedar
vacante. El cachorro, tras varios meses de recibir señales que le indican que no hay nadie liderando el grupo,
se tiene que ocupar de ello, y es a la edad de 12-18 meses, aproximadamente (varía por razas), cuando se empiezan
a notar las consecuencias de este hecho
Cuando
el perro se cree más o menos capacitado (u obligado, lo
más frecuente) para ser el líder (hay perros, que debido
a un carácter seguro y confiado, tienen interés en ser el
jefe), y alguien de su grupo familiar le lleva la contraria, ignora sus
señales de mando o le discute alguna cosa, refuerza aun
más sus señales, y si se le sigue contradiciendo, opta
por la agresión como medida desesperada para recolocar a cada
uno en su sitio.
Por tanto un
enfrentamiento directo no solo conllevará una
agresión-respuesta aun más intensa, sino que en caso de
que “ganemos”, no modificará la situación de
riesgo, pues son muchas las señales engañosas que le
mandamos al perro en cada momento del día a día, que le
llevan a considerar que él es el líder, y que nada ha
cambiado.
Conocer e
interpretar esas señales nos permitirá mandárselas
al perro de modo cotidiano, obligándole, sin enfrentarnos
físicamente a él, y por las buenas, a replantearse el
estatus que él mismo se ha otorgado, siempre llevado por las
circunstancias: si desde pequeño hubiese recibido las
señales correctas, es muy probable que jamás se hubiese
planteado la idea de ocupar el puesto más alto, y por tanto los
problemas no habrían aparecido al no existir motivos para
disputas o conflictos.
Así que la
estrategia, a partir de ahora, es que TODAS las personas que se
relacionen con el perro le manden señales de
dominancia/liderazgo. Eso le colocaría automáticamente en
el lugar más bajo de la pirámide (ya que todos
estarán por encima de él, siendo la persona que
más lo cuida quien se coloque en la cumbre), y evitará
los episodios de agresión que han motivado el problema.
Lo primero es empezar a fijarse en las señales que manda el perro para comunicarse.
El perro disfruta de un enorme repertorio de señales, visuales (posición del cuerpo, con respecto a otros,
y de cada una de las partes visibles), olorosas (feromonas), auditivas e incluso táctiles. Las olorosas
quedan fuera de nuestro alcance, y las auditivas, en este caso, son poco relevantes. Las señales se combinan
entre sí, y hay que interpretarlas en un contexto, ya que por sí solas pueden ser equívocas. Por ejemplo,
el tópico del perro que mueve la cola = perro amistoso no siempre es cierto. Hay que valorar el resto del
cuerpo.
Dedicaremos un tiempo a reconocer esas señales (visuales principalmente) y a ver
cuáles son las que más emite nuestro perro (en su relación con distintas personas), y las tendremos muy
en cuenta, tanto por el hecho de que nos indican su estado de ánimo hacia nosotros o hacia su entorno inmediato,
como por el hecho de que nosotros podemos emitir muchas de esas señales para comunicarnos con él y facilitar
la convivencia.
En algunas razas,
tanto por motivos anatómicos como
quirúrgico-estéticos, la interpretación de muchas
señales puede ser complicada. Hay que manejarse con
precaución en estos casos. Las orejas caídas,
especialmente las de gran tamaño, los rabos amputados, las
orejas cortadas, las razas con mucha piel en la cara, o con la piel de
la cara muy tensa (expresividad limitada en ambos casos), los mantos
muy largos o negros…..dificultan el envío de
señales (y en consecuencia la comunicación). Algunos
perros son conscientes de sus limitaciones, y compensan acentuando
otras señales que sí son visibles, pero otros no, y eso
facilita la aparición de conflictos.
Éstas son las señales más habituales y visibles:
Orejas:
son un importante indicativo del estado de ánimo del animal. Son
muy móviles y generalmente visibles en lo alto de la cabeza, por
lo que hacen de “banderines”. Las orejas altas y bien
pinadas sobre el cráneo, mirando hacia delante, indican un
animal seguro de sí mismo y decidido. Si se ladean pero aun
están altas, el animal titubea (no confundir con la localización de un sonido). Si se repliegan sobre la cabeza
y hacia atrás, de modo más o menos acentuado, indican
sumisión o aceptación amistosa, más cuanto
más se exagere el gesto. Con acompañamiento de otras
señales, puede ser un indicativo de miedo/pánico. Si el
perro tiene las orejas caídas o amputadas, la
interpretación de estas señales se hace más
difícil, a veces imposible.
Las fotos muestran distintas posiciones de orejas, de mayor seguridad a más sumisión:





Ojos:
para comunicación cercana. La dirección de la mirada y el
que estén abiertos o no, así como su tamaño, son
aspectos relevantes. El perro que desafía mantiene la mirada
fija en los ojos del desafiado. Es peligroso mirar fijamente a un perro
desconocido o que haya presentado problemas de agresión por
dominancia. Los ojos muy abiertos suelen indicar miedo. Si las pupilas
(punto negro del centro del ojo) están muy dilatadas, dando el
efecto “ojo verde” (la retina, que en perros de ojos
castaños es verde, queda expuesta totalmente y refleja la luz),
la vulgarmente calificada como “mirada de loco” se asocia a
situaciones de pánico. El parpadeo frecuente indica
situación de estrés o nerviosismo. El apartar la mirada
de un objetivo tras establecer contacto visual (solo moviendo los ojos,
o en ocasiones girando o bajando toda la cabeza) es una señal de
apaciguamiento/amistosa. A menudo suele ir acompañado de un
cierre de ojos acentuado.
Boca: los perros pueden
sonreír, curvando la comisura de los labios hacia arriba, y en
ese caso la señal es amistosa. Cuando la comisura labial se
estira hacia atrás en horizontal, revela tensión. Si
además hay un elevamiento más o menos evidente de los
labios (con exposición parcial o total de los
dientes/encías), es un claro indicativo de aviso de
agresión. El bostezo, una señal muy frecuente en
perros y muy vistosa, indica apaciguamiento o incomodidad, es un modo de repeler
amistosamente una posible agresión leve por parte de otro
individuo.
En las fotos, el primer perro sonríe, el segundo emite una clara amenaza, el tercero bosteza:



Lengua: la
lengua también es un indicador del estado de ánimo del
perro. Cuando se lame la nariz, es una señal de
sumisión/calma. Cuando jadea de modo evidente, goteando incluso
saliva (en un contexto no asociado a calor o ejercicio), es un claro
indicativo de ansiedad/miedo.

Cabeza: la posición
con respecto al resto del cuerpo también indica cosas. Si se
lleva muy alta y con el cuello rígido, es un animal desafiante.
Si se lleva alta pero relajada, el animal está confiado. Si va
horizontal, normalmente es neutro. Si la lleva baja (fijándose
también en otras señales coherentes con éstas), suele
indicar miedo/apaciguamiento, más cuanto más se baje. Si huele el suelo de modo aparentemente
al azar, indica nerviosismo y desea calmar la situación. Cuando
ladea la cabeza con respecto a lo que tiene delante (a veces solo
ladean la mirada), indica acercamiento amistoso:

Patas: el modo de andar
del perro también es significativo. Cuando el perro presenta un
movimiento elástico y fluido, está relajado y seguro de
sí. Cuando el movimiento es envarado y rígido, a menudo
en pasos muy cortos y lentos, es un animal desafiante y potencialmente
agresivo. Si anda de modo indeciso, con las extremidades flexionadas y
adelantando mucho la cabeza, tiene miedo. Cuando avanza de modo
intermitente, tumbándose entre cada avance, y con la barriga
pegada al suelo, está cazando o jugando a cazar. ¡OJO¡:
los perros que presentan esta posición de caza cuando ven
niños, bicicletas, etc., pueden ser muy peligrosos. El
perro que agrede por defenderse, por miedo, o por conservar su
posición, hace daño (más o menos intenso
según diversos factores), pero esa es su intención final,
provocar miedo y algo de dolor en el contrario para que se retire. El
perro que caza busca matar a su “presa”, y además lo
hace en silencio y enviando esas señales (acecho/avance
agazapado) como único aviso, con lo cual puede hacer un gran
destrozo en un momento. Si nuestro perro presenta además ese
tipo de comportamiento hacia personas (niños, sobre todo), debemos aplicar otro manejo
distinto para evitar un desenlace fatal.
En la foto, el perro blanco realiza un acercamiento lateral con
mirada ladeada para aproximarse al perro marrón de modo amistoso:

Cola:
al igual que las
orejas, hacen de banderín visible a mucha distancia. Y de nuevo
debe interpretarse su posición y movimientos contemplando al
perro en su conjunto. La cola alta y levemente rígida indica
seguridad. Si
está muy tensa (llegando incluso a aplastarse contra el lomo) es
desafiante y señal de fuerte tensión. Si la mueve estando
alta, de modo rígido y en oscilaciones cortas, suele ser
indicativo de agresión. Si la mueve de modo relajado y en ondas
largas, indicativo amistoso, de un perro más o menos seguro
según a qué altura la esté desplazando (cuanto
más abajo, menos seguro de sí mismo es el perro).
Cuando la lleva horizontal, no emite señal alguna. Si la porta
baja y
relajada, es neutral. Cuando la coloca entre las patas traseras, indica
miedo, siendo ya pánico si la cola se sitúa cubriendo
todo el bajo vientre. De todos modos, considerar que el husky
lleva la cola alta de modo rutinario (a veces aplastada contra el lomo,
por tenerla implantada demasiado arriba o por presentar los
riñones cortos), y que solo cuando emita otras señales
podremos valorar lo que realmente marca con el rabo. Hay razas que la
llevan alta y además tensa y enrollada, otras cortita y
acaracolada, otras la aplastan siempre contra el lomo.....valorar su
movilidad
y el resto de señales antes de emitir un juicio al respecto. Las
razas a las que se le amputa el rabo presentan ya un problema de
envío de señales. Si además tienen las orejas
caídas o igualmente amputadas, el problema se agrava y la
comunicación con su entorno se ve seriamente afectada, siendo
fuente de constantes errores y peleas, creando una tensión
constante en el animal, que no sabe cómo comunicar sus
intenciones a sus congéneres y a los humanos que le rodean.......
En la primera foto, dos alturas distintas de rabo. En la segunda, la cola permanece en posición neutra. En la tercera, se aplasta
contra el lomo (matizar que es un perro corto de riñones y la
lleva así de modo habitual):



Cuerpo:
la posición
del cuerpo con respecto al otro individuo es relevante. El perro que
avanza de frente y de modo constante está desafiando o se
muestra muy seguro de sí mismo (puede acercarse así hacia
un perro amigo, al que conoce previamente). Si se acerca dando un
rodeo, de
modo más o menos lento e incluso con pausas y "distracciones",
busca contacto
amistoso o tiene algo de miedo. Si se mantiene en perpendicular con
respecto a alguien que avanza hacia él, se muestra seguro de
sí mismo y confiado. Indica que admite el acercamiento del otro,
no tiene miedo pero tampoco desea mostrarse hostil o
abusón. El animal que se eriza parcial o totalmente, y/o
se pone rígido y como de puntillas, trata de aparentar
más tamaño del real, para intimidar al contrario (pero se siente inseguro). El que
se encoge y reduce al máximo, llegando a tumbarse en el suelo a
veces, intenta todo lo contrario, se siente intimidado y desea repeler así una posible agresión.
En esta foto se aprecia una postura de sumisión completa: orejas aplastadas, ojos pequeños, tumbado panza arriba:

Contacto físico:
una vez permitido el acercamiento, el modo en que se contacta y las
zonas que se tocan son significativas. La colocación de la
cabeza/pata (mano, en caso de una persona) haciendo presión
ligera sobre la cruz (punto de unión cuello-cuerpo) o lomo
indica la intención de dominar la situación del que lo
hace. El “dar la pata” de modo espontáneo, con
contacto físico o sin él, es una señal de
apaciguamiento.
Partiendo de
estas señales, nosotros podemos comunicar cosas a
nuestro perro cuando queramos interaccionar con él. Acercarnos
dando un pequeño rodeo le manda una señal de buenas
intenciones. Mirarle y retirar la vista, bostezar, sonreírle,
cerrar los ojos un par de veces…… son señales que
entiende y que le indican un acercamiento amistoso por nuestra parte.
Ponerse de cuclillas ante un perro inseguro le invita a acercarse,
colocarse de perfil o de espaldas le animará aun más si
nos tiene miedo.
Mostrar alguna de estas señales o aparentar desinterés
hacia él girando el cuerpo o la cabeza en un momento de
tensión o de anticipación de agresividad por su parte
pueden detener la agresión antes de que se produzca, si hemos
llegado al punto de provocar una situación delicada, sin tener
que mostrar miedo o retirada que le afiancen en su puesto (eso
sí, replantearnos qué ha pasado para llegar a un nuevo
intento de agresión, pues indica que la comunicación
entre el perro y el dueño vuelve a fallar).
B) MANEJO PARTICULAR
Una vez contempladas las señales de nuestro perro, trataremos de
integrar las más sencillas para nosotros en nuestro manejo
diario. A menudo, si se usan con regularidad, se vuelven muy sutiles, y
sin embargo el perro las capta a la perfección.
Además, realizaremos las siguientes pautas de manejo, sencillas
pero muy poderosas, que serán las que le indiquen a nuestro
perro que el escalafón de mando ha cambiado:
Lo primero que hay que hacer es intentar, en la medida de lo posible,
aumentar el ejercicio. Y esas salidas deben ser salidas. No basta con
ir al parque y sentarse en un banco. Debemos moverlo mucho y a diario
para que esté relajado y tranquilo. Es frecuente que los cuadros
de hiperactividad y/o episodios puntuales de agresividad se asocien a
animales que carecen de estimulación física y mental en
su entorno cotidiano. Esto es especialmente importante en animales
jóvenes, que tienen más energía. Con los
años irá bajando en ese aspecto, pero ahora hay que
permitir que el perro se desfogue. Para los machos, sobre todo,
es importante explorar el entorno, los rastros de los animales, las
marcas de otros machos, etc., así que en la medida de lo
posible, variar las rutas de paseo (no hacer 3 veces al día la
misma vuelta, si es posible). Aunque el verde es muy bonito, al
perro no le importa callejear, así que improvisad. La actividad
mental (de explorar, y de otras cosas) es tan agotadora como la
física, y muchos perros agradecen las novedades y llevan mal la
rutina demasiado rígida. Aprovechar para conocer la ciudad y
explorar también sitios nuevos.
El ir de montaña es perfecto, plantearse hacer salidas al campo,
aunque sea de vez en cuando, también ayuda. Un modo de hacer
ejercicio entre semana dedicando poco tiempo es sacarlo con bicicleta,
bien suelto, bien enseñándole a tirar de ella.
1- La comida: para un
perro la comida tiene una fuerte implicación social. Es
importante lo que se come, dónde se come, en qué orden, y
dónde está cada cual durante la comida. El protocolo a
seguir para mandar un mensaje claro es sencillo: TÚ COMES ANTES
QUE ÉL, Y LE DEJAS SOLO MIENTRAS ÉL COME. No hay
más. Prohibido darle de comer desde la mesa. Prohibido que coma
antes que tú. Y no digamos ya que coma de tu comida.
Según sus horarios de comida, puedes comer primero tú y
luego ponerle su plato, o si no son coincidentes o el perro vive en el
exterior, llenar su plato, colocarlo en un sitio elevado (altura
lavadora, por ejemplo), y comerse una galleta o algo de picar durante
un par de minutos, estando tú junto al plato, y por descontado,
que el perro lo vea (para un perro lo que no se ve no está
ocurriendo). Es teatro, indica que tú comes primero, y él
comerá lo que sobre. Una vez hayas comido (o fingido comer),
llevas su plato a su sitio (tranquilo y nunca en zonas de paso), lo
dejas ahí, y te marchas sin mirar siquiera. El perro debe comer
solo. Permanecer junto a su plato mientras come manda un mensaje
erróneo: "estoy esperando a que me dejes las sobras". Dar comida
al perro desde la mesa manda un mensaje opuesto: "exiges comida y como
eres el líder, te la cedo". ¿Has visto alguna vez a un
perro dejar que otro meta el hocico en su comida?. Suele suponer una
pelea, como mínimo. No somos perros, pero si no mandamos a
nuestro perro señales de perro, jamás nos entenderemos.
Si nuestro perro tiene el comedero todo el día a mano, hay que
cambiarlo. El an imal que dispone de acceso libre a la comida sin
que nadie se oponga es el líder. Y ese debería ser el que
sabe abrir la nevera, no el perro. Ponerle de comer una o dos veces al
día, como se prefiera, y pasados 10 o 15 minutos volver y
retirar el plato (vacío o no, da igual). Esta señal es
muy poderosa.
2- Rituales de bienvenida y separación:
Aquí las meteduras de pata son importantes, y es quizá lo
más duro de hacer, pero es muy eficaz. El perro tiene un espacio
a su alrededor, igual que nosotros, y ese espacio se puede invadir o no
según de quien se trate. Igual que nosotros. Pues entre perros,
el líder invade el espacio de otros cuando quiere, pero los
otros no invaden el suyo si no han sido invitados. Esto supone que
cuando el líder se mueve, los demás están
pendientes..... para quitarse de en medio y mantener las distancias,
mientras no se les indique lo contrario, ya que si se quedan en zona de
paso y los espacios "tropiezan", pueden recibir un castigo. No vamos a
castigar al perro por nada de esto, ya se ocupará él de
moverse. Pero sí vamos a rechazarle cuando invada nuestro
espacio sin haber sido invitado. Cosa que hace casi seguro a todas
horas y con todo el mundo.
Cuando llegas de la calle, seguramente se abalanza sobre ti, salta
encima, da vueltas a tu alrededor, todo con mucha fiesta….,
verdad?. Esto hay que abolirlo. Y si logramos que ni siquiera salga a
recibir, mucho mejor, éxito total. Es desagradable porque a
todos nos gusta que nos reciban amistosamente, pero será lo
mejor para todos. A partir de ahora, cada vez que el animal invada
nuestro espacio sin invitación, se le ignorará por
completo. Esto implica que deja de existir. No se le mira, no se le
toca, no se le dirige la palabra..... como si no hubiese perro. Si
salta o monta un espectáculo, podemos darle la espalda e irnos a
otro sitio, y fingirnos muy ocupados con algo, si es preciso. Al
principio puede haber efecto rebote. Ladra más, salta
más, monta más espectáculo. Ni caso. Pasados unos
minutos el perro se calma, se queda quieto (como pensando), y se retira
a otro sitio a tumbarse (parecerá ofendido, pero da igual).
Perfecto. Eso es exactamente lo que debe hacer. Darle unos segundos
así, y luego ya sí. Se le puede llamar para que venga y
darle mimos y hablarle y lo que se quiera. Pero siempre ha de ser
así. Cada vez que el perro viene a nosotros por iniciativa
propia, le ignoramos hasta que se aleje y se relaje. Cada vez que
queramos algo con él (jugar, mimarle, lo que sea), le llamaremos
para que acuda a nuestro lado. Es sutil, pero en el primer caso es el
perro quien lleva las iniciativas, y en el segundo somos nosotros. No
se trata de querer menos al perro, ni de no poder hacerle caso. Debemos
diferenciar el cariño y la amabilidad que queremos mostrarle a
nuestro perro del servilismo (que es lo que él está
apreciando de nuestro comportamiento hasta ahora). Se trata de hacerle
caso llevando nosotros la iniciativa. Debemos mantener este
comportamiento en todos los aspectos de la vida del animal, en casa, en
la calle.....es el primer paso para lograr que sea tranquilo con
nosotros y nos permita ser los líderes (sin enfrentamientos). Un
detalle importante, que no siempre es fácil de lograr: esto debe
hacerlo TODO EL MUNDO al aproximarse al perro. Ignorar sus fiestas y
brincos y llamarle y darle mimos cuando se muestra calmado y como
ausente. Explicarle a quien sea necesario que tiene un problema y que
solo así podrá resolverse totalmente. Va por la familia y
visitas, principalmente. Si alguien no lo quiere entender y no va a
cooperar, por su seguridad, es preferible que no toque al perro, y si
el animal se pone pesado reclamando atención, comida, etc., tal
vez sea más seguro mantenerle apartado de esa persona
(llevándole a otra habitación, cerrada, donde
permanecerá, mejor con algún juguete y/o hueso de roer.
No debe considerarlo un castigo).
Así que cuando se llega de la calle, se entra en casa y se
va a la cocina a hacer un café o algo. Para estar ocupado y
permitir que el perro se calme. Con el tiempo es muy posible que ni
salga a recibir (está esperando a que se le invite), es el
objetivo. Cuando el dueño se va a ausentar debe ignorarle del
mismo modo, y también si le sigue por la casa, y no
hablarle ni mirarle ni acariciarlo.
En cuanto al contacto físico general, para visitas y familiares
que no conviven con el perro, el modo más correcto de acariciar
a un perro sigue unos pasos: el primero, llamarle. Si no desea
acudir, no se debe forzar el contacto. Si acude, ofrecerle la mano para
que la olfatee (norma de urbanidad canina, equivale a nuestro
“hola”). Si tras eso se marcha, de nuevo dejarle tranquilo,
no desea contacto físico. Si permanece a la espera, acariciarle
la barbilla, el cuello y el pecho. Son zonas neutrales. Si acepta de
buen grado el manejo se puede hacer extensivo el contacto a los flancos
y los muslos, así como a la base del rabo (el rascado
enérgico de esa zona suele ser bienvenido por casi todos los
perros). Y finalmente se puede pensar en la cruz y la cabeza, si sus
señales corporales indican que disfruta del contacto. En todo
momento vigilar la emisión de señales de incomodidad por
parte del perro, si aparecen, detener el contacto: que tenga la
opción de marcharse no indica que la vaya a utilizar si alguien
le toca donde él no cree adecuado. Podemos extrapolarlo
fácilmente pensando hasta dónde dejaríamos
que un vecino que nos visita nos toque a nosotros….. si se pasa,
la casa es nuestra, y podemos ponernos de muy mal humor y echarle, no
vamos a retirarnos nosotros por evitar la molestia. Todo esto es
especialmente importante con niños, que tienden a tocar en
primer lugar a cabeza (a veces sin muchos miramientos, tirando de las
orejas o metiendo los dedos en los ojos…. Los estímulos
dolorosos justifican una agresión, o al menos, una amenaza, que
con frecuencia los niños ignoran), y luego suelen
“atacar” el rabo, tirando con fuerza de él. Un perro
acostumbrado a niños y sin problemas de rango suele interpretar
estos manejos como juegos de cachorro (es lo que son), y puede aguantar
más o menos tiempo según su resistencia al dolor, para
después retirarse a un sitio tranquilo. Cuando nuestro perro
dé muestras de incomodidad o miedo ante niños en casa, no
dejemos que la cosa vaya a más, permitir al animal un retiro
tranquilo e indicarle a los niños que el perro necesita
descansar a solas. El perro dominante aguantará lo que crea
necesario (normalmente poco) para después emitir señales
de anticipo de agresión (que cualquier cachorro
reconocería, haciéndolo desistir en sus juegos) que
desembocarán en un mordisco si nadie intercede. Regañar
al perro no es la solución, pues el problema es bastante
más complejo de lo que aparenta. Observar siempre las
señales de nuestro perro en este contexto, para anticiparnos a
sus reacciones.
Si el perro no busca las caricias cuando hay visitas (no viene al
llamarlo o viene y se retira tras saludar), lo ideal es dejarlo
tranquilo. Si por algún motivo queremos que se deje manosear por
la gente, hay que trabajar ese punto de modo específico y
gradual, premiando de modo generoso toda aceptación del contacto
físico: proceder como se ha indicado, y cuando el perro se
aproxime, ofrecerle golosinas con una mano mientras se le acaricia con
la otra, del modo adecuado y con orden. Mejor si estamos de cuclillas,
y entre tanto mandamos señales amistosas (girar la cabeza,
sonreír, bostezar….). No todo de una vez y el
primer día, sino poco a poco y en sesiones cortas. Solo
así el perro asociará el contacto con experiencias
realmente atractivas y lo aceptará, a menudo de buen grado.
Primero deberíamos hacerlo nosotros y las personas que convivan
con el perro, para luego pasar a las visitas y desconocidos, siempre
premiando al animal (es quien le toque quien debe premiarlo) y
vigilando sus señales por si la situación se le hace
incómoda, dar un paso atrás e insistir en el punto de no
incomodidad. Forzar a un animal que no desea contacto a que se deje
tocar es provocar una agresión y una experiencia negativa frente
a las caricias o los extraños que el perro no olvidará
(la siguiente vez su reacción será aun peor). Si
además le castigamos, las consecuencias son imprevisibles.
3- Obediencia: la gente
suele entender con esto que el perro venga cuando se le llama y poco
más, y parece que tienen que aprender por ciencia infusa.
Nosotros lo vemos como el aprendizaje por asociación de
determinados sonidos (palabras) a determinadas acciones (actos del
perro) que facilitan la convivencia y el manejo del animal. En un perro
de gran tamaño es muy importante. Y para muchos perros, aprender
cosas nuevas es gratificante. Solo hay que hacerlo divertido. A partir
de ahora hay que empezar a enseñarle cosas a nuestro perro, no
importa lo inútiles y tontas que sean, se trata de ocuparle la
cabeza al perro, de enseñarle autocontrol y paciencia, y de
mejorar el vínculo entre tú y él, pero siendo
tú el que marca las reglas del juego. Aquí necesitamos un
motivador (para la mayoría, comida, en pequeños trocitos
-queso, jamón, salchicas de frankfurt.... algunos aceptan muy
bien un juguete especial, una pelota.…-), que llevaremos siempre
encima. Con él conseguiremos que coopere. Y un esquema mental de
lo que queremos enseñarle, mejor si lo ponemos por escrito para,
digamos, "cumplir objetivos". Sentarse, tumbarse, dar la pata, quedarse
quieto, subir y bajar de sitios, saltar, perseguirse el rabo, ladrar a
la orden..... lo que cada uno quiera, por complicado que sea, se puede
enseñar si se va paso a paso y con paciencia. Hay que pensar en
un sonido (la orden, siempre la misma) y en lo que queremos que haga al
oírla, y dedicaremos unos minutos (pocos) de cada paseo a esto,
mejor todos los días. Lo haremos siempre en sitios diferentes
(un perro que aprende a sentarse siempre junto al kiosko, nos
hará enfadar cuando le mandemos sentarse en el ascensor.... y no
lo haga. Es preciso cambiar el entorno donde se dan las órdenes,
la posición de nuestro cuerpo.... para que el perro lo haga
siempre en cualquier contexto). Empezamos a enseñarle algo, y
repasamos órdenes aprendidas otros días. Siempre en
positivo, premiando las buenas ejecuciones o las aproximaciones
correctas, y dando tiempo muerto cuando lo haga mal (el mensaje es que
esforzarse por hacer las tonterías que le vamos a pedir es
beneficioso, pero que solo si las hace hay beneficios, si no las hace,
simplemente no obtiene nada, es "castigo" más que suficiente).
Un perro que sabe hacer cosas, además de entretenerse mientras
aprende y de estar más a gusto con su dueño, tiene
más autocontrol (al principio pueden llegar a ser muy
impacientes por lograr el premio, y tienen que aprender a escuchar y a
atenderte). Y en general se muestra más tranquilo en todo
momento, ya que casi seguro que las órdenes acaban siendo
útiles en distintos contextos, y le dan al perro un
patrón de cómo comportarse en cada situación, lo
que le hace estar relajado y pendiente del dueño.
Y básicamente éste sería el manejo concreto:
- Hacer ejercicio diario, cuanto más, mejor.
- Comer antes que el perro (de verdad o de modo fingido), dejarle
solo mientras come, y que no tenga comida disponible a su antojo.
Además, recordar que nada es gratis,
no darle golosinas/atenciones/juego de modo espontáneo. Pedirle
que haga alguna cosa antes de darle lo que desea (las iniciativas de
contacto DEBEN PARTIR DEL DUEÑO, no del perro).
- Manejarse de modo indiferente en torno al perro, no hacerle
caso cuando trate de llamar nuestra atención, nos corte el paso,
nos salte encima, etc. Esperar a que se separe de nosotros y se muestre
tranquilo y a la expectativa, para LLAMARLE y que acuda a nuestra
invitación.
- Enseñarle cosas a modo de juego (obediencia).
C) ANEXO
Si el perro problemático es un ejemplar que siempre ha vivido
solo en el exterior, bien en una caseta/jaula, bien en garaje, cuadra o
similar, la situación es ligeramente distinta. Por un lado
tenemos un perro que al vivir aislado del grupo familiar, no ha
integrado a sus miembros como parte de la manada, es decir, no entra a
considerarlos en su jerarquía. Él sólo constituye
su propia manada, de la que lógicamente es el líder. En
consecuencia, cualquier interacción con él queda a su
criterio, y según la considera interesante o intromisoria,
así responderá a nuestro (puntual) manejo,
comportándose como si su dueño y el resto de la familia
fuesen integrantes de OTRA manada. Puede mostrarse territorial o
amistoso, según le convenga en cada momento y según de la
persona que se trate y lo que se le intente hacer. Las medidas
mencionadas anteriormente tienen poco sentido, por un lado por su
imposibilidad de aplicación al entorno del perro, y por otro
porque el animal sencillamente no nos considera dentro de su vida. Tan
solo la de la administración de comida sería factible, y
en algunos momentos, el acercamiento, pero con el hecho presente de que
siempre seremos nosotros quienes invadamos su espacio (tal vez sin
invitación), lo cual puede dar lugar a reacciones de rechazo por
parte del animal.
En casos así, lo primero es tener siempre presentes las
señales corporales que envía, para poder estar un paso
por delante de sus reacciones. Lo siguiente, tratar de integrarlo en la
medida de lo posible en la vida familiar, para poder aplicar las
medidas de manejo concreto. Si esto no es factible, realizar las que
resulten aplicables según las circunstancias. Dedicar tiempo
(mejor si se toman notas) a analizar cuáles son exactamente las
situaciones problemáticas, tanto las que desencadenan rechazo o
agresión, como aquellas en las que el perro, sin llegar a
ponerse agresivo, se muestra incómodo. Una vez determinados los
puntos de conflicto, hay que resolverlos uno a uno, con paciencia y
constancia, dedicando unos minutos al día a trabajar, mediante
acercamientos paulatinos y muchos premios, cada punto que hayamos
anotado.
La finalidad en este caso no es colocarnos jerárquicamente por
encima del perro (complicado si vivimos en mundos separados), sino
establecer una asociación muy positiva con aquellas cosas que le
molestan o incomodan mediante el uso de la comida (vale también
el juego con aquellos perros que se motiven intensamente con el mismo).
Sirva un ejemplo:
El perro permanece amarrado 23 horas al día. Durante la hora
restante se le suelta por la finca, por donde deambula a su antojo sin
relacionarse con nadie. Al terminar el plazo, le llamamos para atarlo.
No viene. Incluso “remolonea”. Nos enfadamos. Vamos a
buscarle. A veces le regañamos. Le sujetamos del collar y le
llevamos a rastras a su sitio. Con el tiempo, el perro sigue sin venir,
pero además al sujetarle del collar se vuelve e incluso intenta
morder.
Regañarle más o castigarle solo contribuye a empeorar la
situación. Morder o mostrarse agresivo cuando se le pone la mano
en el cuello es un problema frecuente en muchos perros, especialmente
si viven en el exterior, solos. Para el perro, esa mano tirando del
collar es una indicación de dominancia primero (por parte de un
miembro de OTRA manada, recordemos), y un ataque en toda regla lo
segundo (los perros, cuando pelean, tienden a morderse en el cuello).
Así que procede defenderse. Cada vez que repetimos esta
secuencia, nuestro enfado, nuestra nula respuesta a sus señales
de apaciguamiento (ese “remoloneo”, andar de lado, husmear
el suelo, hacer señales de invitación al juego….
Seguramente el perro ha enviado todas esas señales, y
más), y finalmente nuestra sujeción brusca del cuello le
llevan al animal a temer el contacto, y finalmente, a anticiparse a
él defendiéndose directamente.
Para cambiar eso, el método es sencillo. Dedicar algo de tiempo
al animal mientras está suelto. Jugar con él, con palos,
una pelota, una toalla vieja con la que forcejear, echarse una carrera
con él arriba y abajo….. estableceremos una
relación amistosa en lugar de lo que el perro veía
anteriormente. Hacer algunas órdenes de obediencia en esos
momentos también está muy indicado, premiándole
siempre con entusiasmo y juegos y/o golosinas.
Lógicamente, incluir en esa obediencia la llamada, pues
probablemente no se le ha enseñado apenas, y solo se ha usado
para indicar “fin del esparcimiento”. Llamada = a
“atado de nuevo” es una asociación negativa que el
perro tratará de evitar a toda costa. Si se le llama repetidas
veces por el terreno, algunas en torno al amarre pero sin atarlo, y
premiando siempre sus progresos, corregiremos esa asociación
inicial. Finalmente, dedicar un rato al cuello. Ofrecer premios con una
mano mientras la otra se aproxima al collar, siempre poniéndonos
en cuclillas (para no mandar una señal de dominancia con el
contacto), y aproximando la mano por la parte baja del cuello, no por
la alta. Si el perro se pone nervioso o rehuye, dar un paso
atrás: acercar la mano algo menos del punto de incomodidad, y
premiar por permitir ese acercamiento. Ir disminuyendo paulatinamente
la distancia de la mano a lo largo de varios días, hasta que
deje tocar sin problemas, y probar a guiarle con el collar CON UNA
GOLOSINA DELANTE DEL HOCICO, para evitar así el arrastre.
Educarle a caminar con correa, aunque nunca se le saque de la finca,
nos permite facilitar este momento, ya que podemos atarlo y andar con
él amarrado de un lado a otro, ofreciendo premios y juegos por
cada avance junto a nosotros, soltándolo y volviéndolo a
atar, para finalmente guiarlo hasta su sitio habitual.
Facilitar cosas que estimulen al perro mientras está amarrado
las restantes 23 horas también es importante. Juguetes de caucho
rellenables de comida (conos, cubos…. Hay varios modelos),
huesos de caña, alguna pelota fuerte y grande…. Lo que se
nos ocurra para que el animal no esté totalmente inactivo
durante ese tiempo, y para que estar en su sitio no sea totalmente
negativo (por el aburrimiento y la inmovilización que supone).
Si el animal ladra con frecuencia durante mucho tiempo y sin
razón aparente, esto puede corregir parcialmente el problema (el
ladrido insistente por aburrimiento es muy frecuente en perros que
viven solos).
Siguiendo este patrón, habría que corregir cada problema
(tanto manifiesto como latente, la expresión corporal del perro
nos indicará cuáles son los problemas que aun no han dado
agresión pero pueden darla) uno a uno, con paciencia y
método, con el fin de lograr un perro que busque y agradezca el
manejo por un miembro de otro grupo social sin necesidad de rechazarlo,
pues al reportarle beneficios, será el primer interesado en
cooperar.
En todo caso, y al igual que se ha mencionado antes, mucha
precaución con los extraños que se acercan al perro,
especialmente si está atado y no puede evitar el contacto. Si no
proceden como se les indica, y las señales del perro son de
incomodidad, no tentar a la suerte para luego culpar al animal por
“malo”. Es nuestra responsabilidad como propietarios lograr
que nuestro perro esté bien integrado en nuestra sociedad y se
habitúe a los manejo cotidianos, y si por algún motivo
esto no es totalmente posible, somos al menos responsables de sus
actos, si vemos previsibles ciertas reacciones negativas por parte del
animal, tenemos que poner todos los medios a nuestro alcance para que
no afecten a terceros, por el bien de todos, incluido el propio perro.